Después de tres años engañándome con anticonceptivos, mi marido dejó sobre la mesa cuatro cápsulas peligrosas y dijo con indiferencia: “Son de calcio”. Yo reconocí lo que eran, fingí tomarlas y esa misma noche desaparecí. Él creyó que su descuido me había matado; lo que no sabía era que mi ausencia activaría un testamento, millones en contratos y la caída de toda su familia.

No había tomado el veneno.

Había planeado su desaparición.

Alejandro se dejó caer contra la pared.

La nota no había sido una despedida suicida.

Había sido una ruptura.

Dos días después, don Rafael volvió acompañado por abogados.

Alejandro se levantó de golpe.

—¿La encontró?

—Sí.

—¿Está bien?

—Está viva. Está segura. Y no quiere verte.

Un abogado dejó una carpeta frente a él.

Demanda de divorcio.

La firma de Mariana estaba en la última página.

Alejandro no tocó la pluma.

—Solo quiero hablar con ella una vez.

Don Rafael se inclinó hacia él.

—Vivió contigo más de mil noches. ¿Cuántas veces quisiste hablar con ella entonces?

Alejandro no supo responder.

Antes de marcharse, don Rafael dejó una última frase:

—Mañana Mariana volverá a aparecer en público. Y cuando México sepa quién es realmente, tu familia entenderá todo lo que perdió.

La puerta se cerró.

Alejandro miró la demanda de divorcio y comprendió que la verdad todavía no había terminado de caer sobre ellos.

PARTE 3

Al día siguiente, Mariana apareció en la transmisión nacional del Congreso Mexicano de Innovación Farmacéutica.

Alejandro la vio desde su oficina.

No llevaba la ropa gris y gastada que usaba en casa de los Cárdenas. Vestía un traje blanco sencillo, el cabello recogido y la espalda completamente recta. Detrás de ella, una pantalla mostraba su nombre:

Dra. Mariana Salazar.

Directora de Investigación y Desarrollo de Grupo Salazar Biociencias.

La presentadora resumió su trayectoria: doctora en Ciencias Farmacéuticas, investigadora en productos naturales y responsable de un nuevo medicamento desarrollado con compuestos vegetales mexicanos.

El auditorio estalló en aplausos.

Mariana habló sin titubear.

—Este proyecto comenzó hace tres años. Durante ese tiempo trabajé con muestras de plantas medicinales de comunidades de Puebla, Oaxaca y Veracruz. Nuestra meta era desarrollar un tratamiento accesible, estable y producido con cadenas de suministro que pagaran precios justos a los productores.

Alejandro sintió un vacío en el estómago.

Tres años.

El mismo tiempo que ella había pasado viviendo en su casa como si fuera una sirvienta.

La reportera preguntó dónde había realizado la primera fase de investigación.

Mariana sonrió.

—En condiciones bastante limitadas. Tenía una mesa pequeña en un cuarto de servicio, junto a la cocina. Después de terminar las labores de la casa, aprovechaba la noche para trabajar.

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