Él empujó la charola para apartarla. Las copas cayeron y el vino le manchó el uniforme.
—Seguridad, por favor. Esta empleada está molestando a los invitados.
Vi el rostro de mi hermana quebrarse.
Había intentado venderme por dinero a un hombre que, frente a gente poderosa, ni siquiera admitía conocerla.
Claudia salió llorando por la puerta de servicio.
Yo no celebré aquello. Algunas consecuencias no necesitan que nadie las empuje.
A las diez de la noche se apagaron las luces.
Comenzó el video institucional de la fundación del grupo. Imágenes de becas, restauración de edificios históricos y programas comunitarios aparecieron en la pantalla gigante.
Luego la imagen se cortó.
Y apareció Renata.
No la Renata de las campañas.
La Renata del hospital.
Su propio video mostró cómo acercaba el teléfono a mi cara mientras yo estaba inmovilizada. Se escuchó su voz llamándome “pobrecita”, presumiendo que ya había ocupado mi recámara y proponiendo usar mi desgracia para ganar seguidores.