Me operaron esa noche.
Durante las siguientes semanas mi vida se redujo a dolor, rehabilitación, juntas por videollamada y expedientes. Aprendí a caminar otra vez mientras aprendía a leer balances, contratos y reportes internos.
Y entonces apareció mi hermana Claudia.
Pensé que venía a abrazarme.
Venía a cobrar.
Mauricio había contratado a un investigador para encontrarme y ofrecía dinero por mi ubicación. Claudia descubrió dónde estaba antes que él.
—Dame cincuenta mil pesos y le digo que no te encontré —me dijo—. Si no, le mando la ubicación ahorita mismo.
La miré sin poder reconocerla.
—Casi me muero.
—Y yo tengo deudas. Cada quien tiene sus problemas.
Le dije que no tenía dinero, que la clínica era ayuda privada, que si Mauricio llegaba podía dejarme sin tratamiento. Quería darle una última oportunidad para comportarse como mi hermana.