En diciembre llegó la verdadera encrucijada. Don Joaquín llamó a Diego para hacerle una propuesta extraordinaria: ponerlo al frente de una nueva propiedad ganadera cerca de Nombre de Dios, con participación en las ganancias y casa propia. Era el salto soñado para cualquier vaquero, pero significaba mudarse lejos del valle.
Diego cabalgó al manzanar y se lo contó a Lucía con el corazón oprimido. Ella, conteniendo las lágrimas, le pidió con honestidad que no sacrificara su porvenir por miedo a arrepentirse dentro de diez años:
—Si decide quedarse, necesito saber que es porque usted lo eligió, no porque yo se lo pedí.
—No quiero construir una casa donde usted no pueda entrar como dueña de sus propias decisiones —respondió él.
Tras pensarlo largamente frente a sus fogones y cuadernos de cuentas, Diego regresó con don Joaquín. Rechazó la administración lejana y le propuso una alternativa más sacrificada: seguir encargado de los caballos en El Encino, pero arrendar una parcela al otro lado del arroyo para levantar, con sus propios ahorros, su pequeño hato de ganado. Don Joaquín sonrió ante la determinación del muchacho y cerraron el trato.