Toño se dejó caer en el sillón como si le hubieran dado un golpe en la nuca. Beto se tapó la cara con las manos.
“¿Y por qué a nombre de Jorge y no de nosotros que somos su sangre?”, gritó Toño, ya con la voz quebrada de rabia y vergüenza.
El notario lo miró por encima de los lentes y leyó el último párrafo de la carta, el que Don Efrén escribió con la mano ya temblando mucho, casi un mes antes de morir, con tinta chorreada.
“Porque mis hijos de sangre me visitaron cuando necesitaban dinero. Jorge me visitó todos los días sin pedirme nada, aunque estuviera cansado. Mis hijos me llamaban para ver qué les podía dejar. Jorge me dejó su sillón aunque le doliera la espalda. Yo no fui una carga, mijo. Tú me dejaste ser tu familia cuando ni mi propia sangre quiso. Todo lo que junté es tuyo porque tú me diste lo único que nadie más me dio: un plato en tu mesa sin reclamarlo. Perdóname por no decirte nunca. Quería que me quisieras sin interés, sin dinero de por medio. Gracias, mijo. Gracias por dejarme ser abuelo de tus hijos. Ya puedo dejar de serles estorbo en paz. Te quiere, Efrén”.