Me solté a llorar como un niño. De rodillas, en mi sala, con las manos todavía manchadas de grasa del taller, abrazando esa libreta azul que olía a humedad y a café de olla, oliendo a él.
Marisol se hincó conmigo y me abrazó por la espalda. Lloramos los dos por todos los años que lo juzgamos en silencio.
Toño y sus hermanos se salieron sin decir una palabra, con la cola entre las patas, empujando la puerta, porque entendieron que el viejo al que llamaron parásito, arrimado y estorbo, había sido más padre para mí que ellos para él.
Esa tarde salí al porche. Puse su gorra de los Pericos sobre la silla blanca vacía. Le serví su café de olla como cada mañana y se lo dejé ahí, humeando.
Y le hablé por primera vez en veinte años sin coraje.