No era un mal hombre. Me lo repetía como rosario para no odiarlo. Solo era viejo. Terco como mula de cerro. Callado. Frágil, con su gorra de los Pericos deslavada, arrastrando las chanclas hasta la cocina a las seis de la mañana, sirviéndose su avena, tostando su bolillo y jamás preguntando cuánto costaba el mandado.
A veces decía:
“Gracias, mijo”.
Pero ese gracias no pagaba el gas. No pagaba la luz de la CFE que ya llegaba de dos mil pesos. No pagaba sus pastillas de la presión ni el bastón cuando empezó a cojear.
Yo soy Jorge, cincuenta y ocho años. Veinte años vi a mis dos hijos, Emiliano y Mateo, compartir litera porque el abuelo ocupaba el único cuarto extra.
Vendí mi troquita, mi Cheyenne del 98 que yo mismo levanté, para pagar su operación de cataratas porque en el Seguro nos daban cita en ocho meses. Dejé el techo con goteras tres temporadas de lluvias porque primero estaban sus medicinas.