Cada día de raya me ardía la panza. Llegaba molido y lo encontraba en mi sillón reclinable, el único lujo que me di, escuchando su radiecito con el béisbol y remojando Marías en el café.
Marisol siempre lo defendía.
“Es mi papá, Jorge. Nos necesita”.
“Nosotros también, Marisol. Apenas salimos”.
Ella lloraba. Yo me salía al patio a fumar coraje.
Y Don Efrén solo miraba por la ventana y murmuraba:
“Ya merito dejo de serles estorbo, mijo”.
Esa frase me prendía fuego. Porque sonaba tan triste que me hacía sentir una mierda, y porque muy en el fondo yo quería que fuera verdad.
Hasta que un martes, fue verdad.
Lo encontramos en el porche de atrás, en su silla de plástico blanca de Coca-Cola. Su gorra doblada sobre las rodillas. Su radio en pura estática. Parecía dormido.