Sebastián le había insistido varias veces.
“Está abandonada. Podríamos integrarla a la división agroindustrial.”
Elena siempre se había negado.
No sabía explicar por qué.
Aquella madrugada entendió la razón.
Necesitaba conservar un lugar que no hubiera sido elegido, comprado, remodelado o administrado por Sebastián Alcázar.
Sacó una vieja llave de su bolso.
Todavía funcionaba.
Al entrar encontró olor a madera cerrada y polvo.
Encendió una lámpara.
La sala estaba casi vacía.
Había un sofá cubierto con una sábana, una mesa pequeña y el antiguo reloj de pared de su padre.
Elena dejó el bolso en el piso.
Se quitó los zapatos.
Entonces, solo entonces, lloró.
No lloró porque Sebastián quisiera divorciarse.
Lloró porque comprendió algo mucho más doloroso.
Durante once años había confundido ser indispensable con ser amada.
Había organizado cenas para sus socios.