Apagó el teléfono.
“Arandas”, respondió.
“¿A esta hora?”
“Sí.”
El conductor la observó a través del espejo, pero tuvo la prudencia de no preguntar nada más.
Elena pasó casi todo el trayecto mirando por la ventana.
Los campos oscuros se extendían a ambos lados de la carretera.
A lo lejos aparecían luces dispersas de ranchos, bodegas y pequeños poblados.
A las dos de la mañana llegaron a una propiedad mucho más modesta que Hacienda Alcázar.
Un portón verde.
Un camino de tierra.
Una casa de una sola planta con paredes blancas y techo de teja.
Sobre una placa desgastada podía leerse:
Rancho La Esperanza.
Aquel lugar había pertenecido a los padres de Elena.
Su padre, Julián Márquez, había muerto ocho años antes.
Su madre había fallecido dos años después.
Elena nunca vendió la propiedad.