Aquella mañana me levanté a las seis. Peluquería, maquillaje, el vestido azul que me había costado medio mes de pensión. En la iglesia me senté en el primer banco, a la derecha, con mi hermana y mi sobrina. Clara entró del brazo de su padre. Estaba preciosa, con el velo de encaje de mi madre que habíamos sacado del arcón. Yo lloraba antes de que empezara la música.
Cuando Luis la dejó en el altar, en lugar de irse a su sitio, vino a mi banco. Mi hermana se apartó sorprendida. Se sentó a mi lado, olía a la misma colonia de siempre. Me pareció que estaba mucho más delgado que en Navidad. Durante las lecturas no dijo nada. Luego, mientras los novios se daban los anillos, se acercó a mi oído y me dijo que no me fuera después de la ceremonia, que teníamos que hablar. Le miré. Tenía los ojos rojos, y no eran de emoción.