El día de la boda de mi hija yo estaba sentada en la iglesia viéndola caminar hacia el altar, guapa y feliz, cuando de pronto mi exmarido se sentó a mi lado. Desde el divorcio, hace casi diez años, solo hablábamos de los hijos

Me llamo Charo, tengo 61 años y vivo en Segovia, en un piso del barrio de San Lorenzo. Tengo dos hijos: Clara, que tiene 32, y Álvaro, que tiene 35. Su padre, Luis, y yo nos divorciamos hace casi diez años, después de veintidós de matrimonio. No hubo una gran traición ni un escándalo. Simplemente un día nos dimos cuenta de que ya no teníamos nada que decirnos. Él se quedó con el piso de la playa en Gandía y yo con el de Segovia. Desde entonces hablábamos lo justo: los cumpleaños de los chicos, alguna Navidad incómoda, las fotos de la graduación.

La boda de Clara se celebró en septiembre, en la iglesia de San Millán. Llevábamos meses preparándola. Yo la acompañé a elegir el vestido a Madrid, probamos tres menús en un restaurante de las afueras y discutimos sobre si cochinillo o cordero hasta que ganó el cordero. Luis lo pagó casi todo, eso hay que reconocérselo, pero apenas apareció en los preparativos. Venía de Valencia en el AVE, firmaba y se iba.

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