La sostuvo varios minutos.
Era absurdo cuánto podía doler un objeto tan pequeño.
Porque los dos años habían sido reales.
Rogelio sí la había amado.
La recogía del trabajo cuando llovía.
Había llevado a su tía Celia al hospital varias veces.
Reparaba cosas de madrugada si al día siguiente tenía trabajo.
Se preocupaba cuando Alicia enfermaba.
Nada de eso había sido mentira.
Y precisamente por eso dolía más.
Alicia empezó a comprender algo que jamás había considerado:
amar a alguien y ser una persona honesta no siempre eran la misma cosa.
Un mes después recibió una llamada.
—¿Señora Alicia Rocha?
—Sí.
—Hablo de la Fiscalía. Necesitamos que venga por un asunto relacionado con la muerte de su padre.
Al día siguiente se presentó.
Un joven agente colocó frente a ella una carpeta amarillenta.