El trabajo ocupaba su cabeza.
Las noches no.
Seguía cocinando accidentalmente para dos.
A veces escuchaba unas llaves en el pasillo y levantaba la mirada esperando verlo.
Cuando una llave del fregadero comenzó a gotear, Alicia recordó todas las veces que Rogelio había arreglado algo sin que ella tuviera que pedírselo.
Lloró mientras esperaba al plomero.
No porque quisiera volver.
Sino porque extrañar a alguien no significa que debas permitirle regresar.
Su prima Sandra llegaba los domingos con comida y hablaba durante horas.
La tía Celia llamaba casi todas las noches.
Poco a poco el departamento volvió a sentirse suyo.
El vestido de novia continuaba guardado.
Meses después, una compañera joven de la oficina anunció que se casaría y estaba preocupada por los gastos.
Alicia llevó el vestido.
—Quédatelo.
—No, Alicia. Después de lo que pasó…
—Es tela, Katia. No tiene la culpa de nada.