El día de mi boda, una anciana derramó su cubeta de flores, cayó de rodillas y me advirtió: “Si te casas con él, será demasiado tarde”. Entre 19 invitados me entregó un viejo boleto relacionado con la muerte de mi padre. Mi prometido lo reconoció de inmediato. Yo me quité el velo y cancelé todo sin discutir. Horas después supe que llevaba dos semanas ocultándome una verdad enterrada durante 23 años…

El trabajo ocupaba su cabeza.

Las noches no.

Seguía cocinando accidentalmente para dos.

A veces escuchaba unas llaves en el pasillo y levantaba la mirada esperando verlo.

Cuando una llave del fregadero comenzó a gotear, Alicia recordó todas las veces que Rogelio había arreglado algo sin que ella tuviera que pedírselo.

Lloró mientras esperaba al plomero.

No porque quisiera volver.

Sino porque extrañar a alguien no significa que debas permitirle regresar.

Su prima Sandra llegaba los domingos con comida y hablaba durante horas.

La tía Celia llamaba casi todas las noches.

Poco a poco el departamento volvió a sentirse suyo.

El vestido de novia continuaba guardado.

Meses después, una compañera joven de la oficina anunció que se casaría y estaba preocupada por los gastos.

Alicia llevó el vestido.

—Quédatelo.

—No, Alicia. Después de lo que pasó…

—Es tela, Katia. No tiene la culpa de nada.

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