El carácter se conoce cuando decir la verdad puede costarte aquello que más deseas conservar.
Casi al terminar el año, Alicia pasó en autobús frente a la parada donde Zenaida seguía vendiendo flores.
Se bajó.
La anciana la reconoció de inmediato y bajó la mirada.
—No esté enojada conmigo, hija. Muchas noches pensé que arruiné su boda.
Alicia tomó un pequeño ramo de crisantemos.
—Usted no arruinó nada.
Pagó y, cuando Zenaida intentó darle cambio, Alicia cerró suavemente su mano.
—Rogelio confesó.
La anciana abrió mucho los ojos.
—No pueden encarcelarlo porque pasó demasiado tiempo. Pero su nombre ya está en el expediente.
Zenaida permaneció callada.
Después preguntó:
—¿Y tú?
—Estoy aprendiendo a vivir sin respuestas perfectas.
La anciana asintió.
—Tu mamá era una mujer muy buena.
—Sí.
—Aquella vez sentí lástima por ella. Hoy creo que estaba equivocada. No necesitaba lástima. Necesitaba respeto.