—¿Usted ayuda ahí?
—A veces.
No dijo más. Pero sus ojos cambiaron. Lucía reconocía ese tipo de silencio. Era el silencio de quienes han perdido demasiado.
Esa noche, Mateo le escribió.
“¿Fernanda volvió a molestarte?”
Lucía miró el mensaje desde su cuarto pequeño, sentada junto a un plato de sopa instantánea.
“Estoy bien. No te preocupes. La gente habla porque puede. Yo trabajo porque debo”.
Mateo presionó el celular con rabia. En su oficina privada, abrió las cámaras de seguridad de la sucursal. Vio a Fernanda ignorando clientes, burlándose de Lucía, dejándole trabajo extra, escondiendo una comisión y hablando mal de ella con el gerente.
Guardó los videos.
—Se creen dueños de mi empresa —murmuró—. Se les olvidó quién firmó los contratos.
El domingo, Lucía fue a una casa hogar en Coyoacán con cuadernos y colores para los niños. Al entrar al patio, quedó helada.