El dueño millonario entró vestido como un cliente humilde a su propia relojería… y una empleada lo hizo arrepentirse de su mentira “En esta tienda no atendemos a gente que parece venir saliendo del Metro”, soltó Fernanda, sin bajar la voz. El hombre que acababa de entrar se quedó

Mariana, otra vendedora, se tapó la boca para reírse. El gerente no terminó de escuchar. Lucía acomodaba cajas de inventario detrás del mostrador y prefería guardar silencio.

Pero Fernanda no quería silencio. Quería humillación.

—Limpia también mi vitrina —ordenó—. Ayer te ensuciaste buscando basura, así que supongo que se te da bien.

Lucía tragó saliva. Tenía ganas de responder, pero necesitaba ese trabajo. Pagaba una habitación en la colonia Santa María la Ribera, sus colegiaturas atrasadas y los medicamentos de Doña Elvira, una vecina que la había criado como hija cuando su madre murió.

Así que limpió.

Al salir, ya de noche, vio a Mateo recargado junto a un coche sencillo. Esta vez llevaba una camisa azul y el cabello menos desordenado.

—Lucía.

Ella se sorprendió.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Mateo señaló su gafete.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *