El dueño millonario entró vestido como un cliente humilde a su propia relojería… y una empleada lo hizo arrepentirse de su mentira “En esta tienda no atendemos a gente que parece venir saliendo del Metro”, soltó Fernanda, sin bajar la voz. El hombre que acababa de entrar se quedó

—Es difícil no verlo.

Lucía se río por primera vez en todo el día.

 

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—Cierto. Se me olvidó quitármelo.

Él sacó una pequeña bolsa.

—Quería comprar un reloj para alguien especial, pero no en una tienda como esa. ¿Conoce algún lugar bueno, sin que me vean feo por preguntar precios?

Lucía dudó, pero terminó guiándolo a una relojería más modesta cerca de Reforma. Mientras caminaban, hablaban de cosas simples: tacos, tráfico, el clima absurdo de la ciudad. Mateo parecía torpe, pero atento. Eso la hizo bajar la guardia.

En la tienda, eligió un reloj de acero pequeño.

—¿Para novia? —preguntó ella, medio bromeando.

—Para un niño de doce años —respondió Mateo—. Vive en una casa hogar. Es su cumpleaños.

Lucía dejó de sonreír.

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