Pero cada mañana bajaba con una loncha de pavo doblada en una servilleta.
—No es para él —decía—. Es que me sobra.
Claro.
A todos nos sobraban cosas de repente.
A la chica del tercero le sobraban caricias.
Al matrimonio del primero le sobraba un platito de agua.
Al vecino del ático le sobraban diez minutos para quedarse hablando en la escalera.
Y a mí, sin darme cuenta, me empezó a sobrar menos silencio.
Una tarde de sábado ocurrió algo pequeño.
Tan pequeño que, antes de Paco, nadie lo habría notado.
Yo estaba sentado en el rellano con la señora Beltrán. Ella llevaba una chaqueta de lana verde y sostenía una taza de café con las dos manos.
Paco estaba estirado entre nosotros, ocupando más espacio del que parecía físicamente posible.
Entonces se abrió la puerta del segundo.