El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

La primera semana viviendo oficialmente entre mi piso y el de la señora Beltrán fue tranquila.

O todo lo tranquila que puede ser una casa con un gato gordo que se comporta como encargado de finca.

Paco tenía horarios.

A las ocho de la mañana se sentaba frente a mi puerta.

A las cuatro de la tarde bajaba al bajo.

A las siete se tumbaba en el rellano, justo donde más molestaba.

Y a las diez de la noche subía otra vez, con la expresión cansada de quien ha tenido demasiadas reuniones importantes.

Yo empecé a dejar una manta vieja en mi sillón.

La señora Beltrán puso su toalla doblada junto al radiador.

Y el resto del edificio, sin que nadie lo decidiera, empezó a girar alrededor de ese animal.

Don Ernesto, el del segundo, decía que a él los gatos nunca le habían gustado.

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