El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

Ahora la señora Beltrán preguntaba.

Antes, si yo volvía del supermercado con dos bolsas pesadas, subía solo.

Ahora siempre aparecía una mano.

Y todo empezó porque un gato con barriga de cojín decidió sentarse encima de mi felpudo.

Pero Paco también tenía sus misterios.

Seguía desapareciendo algunas mañanas.

Volvía con polvo en los bigotes, alguna hoja pegada al lomo y esa mirada de “no hagas preguntas si aprecias tu dignidad”.

La señora Beltrán estaba convencida de que tenía otra familia en la calle de atrás.

Don Ernesto decía que seguro cobraba alquiler en tres portales distintos.

Yo pensaba que simplemente era Paco.

Y con eso bastaba.

Hasta que un domingo de noviembre no quiso levantarse.

Al principio creí que estaba enfadado.

Le puse comida.

No se movió.

Le hablé.

Solo movió un poco la oreja doblada.

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