—Paco —dije—, no me hagas esto.
Su cuerpo seguía caliente, pero su respiración era rara. Lenta. Pesada.
Sentí algo en el pecho que no había sentido desde hacía años.
Ese miedo seco, sin ruido, que aparece cuando alguien que quieres se queda demasiado quieto.
Bajé corriendo al piso de la señora Beltrán.
Ni siquiera llamé como una persona educada.
Toqué tres veces, fuerte.
Ella abrió con el delantal puesto.
—¿Qué pasa?
—Es Paco.
No hizo falta decir más.
Subió conmigo despacio, pero con una firmeza que me recordó que los años no siempre quitan fuerza. A veces solo la esconden.
Cuando lo vio, se llevó una mano al pecho.
—Ay, don Pelayo…
—Paco —corregí, por pura costumbre.
Ella me miró.
Los dos estábamos demasiado asustados para discutir por un nombre.
Llamamos a una clínica veterinaria del barrio. No era ninguna cadena grande ni nada elegante. Un sitio pequeño, con una puerta blanca, dos sillas de plástico y una señora amable detrás del mostrador.