El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

A veces no arreglaba nada.

Solo me sentaba en su cocina mientras ella me contaba historias de su marido.

Se llamaba Antonio.

Tenía una risa fuerte.

Le gustaban los geranios.

Nunca aprendió a hacer arroz sin pasarse.

A ella le brillaban los ojos cuando hablaba de él.

A mí me dolía un poco escucharla.

Pero era un dolor limpio.

De esos que no destruyen.

De esos que recuerdan que uno ha querido.

Un día le hablé de mi mujer.

Se llamaba Carmen.

Siempre llegaba tarde.

Cantaba mientras doblaba la ropa.

Le ponía nombre a todas las plantas, aunque luego se le murieran la mitad.

La señora Beltrán me escuchó sin interrumpir.

Paco dormía bajo la mesa, con una pata encima de mi zapato.

Cuando terminé, ella dijo:

—Qué suerte tuvimos, ¿verdad?

Me quedé mirando la taza.

—Sí.

No dijimos nada más.

No hacía falta.

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