Le dio igual mi autoridad.
Le dio igual todo.
Pero se quedó dentro.
Eso, en el idioma de Paco, era cariño.
Pasaron dos semanas.
El edificio había cambiado tanto que, si mi yo de antes lo hubiera visto, habría pensado que se había equivocado de portal.
En la entrada había una pequeña mesa que nadie sabía de quién era.
Encima, la gente dejaba cosas.
Naranjas de más.
Un libro ya leído.
Un paquete de galletas.
Una nota que decía: “Me sobra caldo, tercer piso.”
Otra que decía: “Mañana bajo al mercado, por si alguien necesita algo.”
Nada obligatorio.
Nada formal.
Solo vecinos comportándose como vecinos.
La señora Beltrán empezó a subir a mi casa los jueves para cenar sopa.
Yo bajaba los domingos a arreglarle pequeñas cosas que ella decía que no importaban.