El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

Mismo sitio. Misma cara. Mismo juicio silencioso sobre mi vida.

El miércoles ya no era “el gato de la puerta”.

Era “mi cita de las ocho”.

El jueves me trajo una hoja seca y la dejó a mis pies. Decidí tomarlo como pago del alquiler.

El viernes intentó entrar en mi piso y se quedó atascado a medio camino, porque su barriga tenía más carácter que sus patas.

Tuve que empujarlo con cuidado por detrás.

Él fingió que no había pasado nada.

Ese era el talento de Paco. Conseguía que un hombre adulto se sintiera como el asistente personal de un marqués.

Yo me repetía que no me estaba encariñando.

Solo le daba de comer.

Y hablaba con él.

Y le compré un cuenco mejor porque el viejo lo miraba como si fuera una falta de respeto.

Y antes de acostarme abría la puerta para comprobar si andaba por el rellano.

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