Mi hija ayudó a poner la mesa.
Comimos todos juntos.
La señora Beltrán contó la historia de cómo Paco se quedó atrapado entre las cajas.
Don Ernesto bajó “solo a saludar” y acabó tomando café.
La chica del tercero apareció con galletas.
Al final, mi hija se quedó callada mirando la escena.
—Papá —me dijo después, cuando salimos al balcón—, hacía mucho que no te veía así.
—¿Así cómo?
—Acompañado.
Me quedé sin respuesta.
Ella me cogió la mano.
—Me preocupaba dejarte solo.
—No querías dejarme solo. Tenías tu vida.
—Pero me preocupaba igual.
Miré hacia dentro.
Paco estaba en el sillón, con un niño sentado en el suelo a cada lado.
La señora Beltrán reía con una taza entre las manos.
—Ya no estoy tan solo —dije.
Mi hija apretó un poco mi mano.