El Gato Gordo Que Llegó a Mi Puerta y Nos Devolvió la Vida

—Ya lo veo.

Esa tarde, cuando se marcharon, no sentí el golpe de siempre.

Claro que la casa quedó más quieta.

Claro que los eché de menos antes incluso de que bajaran la escalera.

Pero no fue el mismo vacío.

Porque media hora después llamaron a mi puerta.

Era la señora Beltrán.

—He hecho demasiado chocolate —dijo.

Los dos sabíamos que era mentira.

Pero la invité a pasar.

Paco vivió mucho más de lo que el veterinario había insinuado con aquella cara prudente.

No se volvió joven.

No dejó de roncar.

No adelgazó gran cosa, aunque todos fingíamos que sí para animarlo.

Pero siguió mandando.

Siguió eligiendo sillas.

Siguió ignorando camas caras y durmiendo sobre cajas.

Siguió entrando en casas ajenas con la seguridad de quien cree que todas las puertas son sugerencias.

Y nosotros seguimos alrededor de él.

Una primavera, el edificio decidió pintar el portal.

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