El millonario llegó furioso a cobrar tres meses de renta atrasada

—No puedo agarrarlos.

—¿Por qué?

—Mi mamá dice que nunca debemos tomar dinero que no ganamos.

Alejandro se quedó sin respuesta.

Lucía volvió a coser.

La máquina comenzó a sonar otra vez.

Tac, tac, tac.

Sus pequeños pies movían el pedal cada vez más despacio.

Hasta que su cabeza cayó hacia adelante por el cansancio.

Alejandro alcanzó a sostenerla antes de que golpeara la mesa.

—Lucía…

La niña abrió los ojos inmediatamente.

—Estoy bien. Me faltan seis.

—Ya no vas a coser hoy.

—Pero necesitamos pagarle a usted.

Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.

Entonces escucharon una llave entrando en la cerradura.

La puerta se abrió.

Una mujer delgada, de unos treinta y tantos años, apareció sosteniendo una bolsa de farmacia.

Al ver a Alejandro junto a su hija, perdió el color del rostro.

—Señor Cárdenas…

Miró el sobre abierto.

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