—No puedo agarrarlos.
—¿Por qué?
—Mi mamá dice que nunca debemos tomar dinero que no ganamos.
Alejandro se quedó sin respuesta.
Lucía volvió a coser.
La máquina comenzó a sonar otra vez.
Tac, tac, tac.
Sus pequeños pies movían el pedal cada vez más despacio.
Hasta que su cabeza cayó hacia adelante por el cansancio.
Alejandro alcanzó a sostenerla antes de que golpeara la mesa.
—Lucía…
La niña abrió los ojos inmediatamente.
—Estoy bien. Me faltan seis.
—Ya no vas a coser hoy.
—Pero necesitamos pagarle a usted.
Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.
Entonces escucharon una llave entrando en la cerradura.
La puerta se abrió.
Una mujer delgada, de unos treinta y tantos años, apareció sosteniendo una bolsa de farmacia.
Al ver a Alejandro junto a su hija, perdió el color del rostro.
—Señor Cárdenas…
Miró el sobre abierto.