Mis ojos se fueron directo al colibrí de oro sobre el cuello de mi madre.
—¿Como ese?
Selina se cubrió el pendiente con la mano. Fedra me contó, en un hilo de voz, que había intentado venderlo para pagar una consulta médica y que mi madre se lo había arrebatado.
Entonces hice la pregunta que ninguno quería responder.
—¿Qué enfermedad tiene ella?
Fedra se tocó el pecho.
—Cáncer.
Once meses. Durante once meses yo había estado enviando dinero a casa mientras mi esposa peleaba sola contra un cáncer. Miré a mi alrededor: pisos nuevos, un televisor gigante, muebles de cuero, mesones de granito, la camioneta afuera, el celular carísimo de Godofredo. Y Fedra con sandalias rotas y una blusa de seis años.
—¿Cuánto de mi dinero usaron para su tratamiento?
Selina, finalmente acorralada, dijo que habían pagado varias consultas. Fedra la corrigió con un susurro: