“En quince días no fuiste capaz de llamarme ni una vez”, me reprochó mi esposo al volver de viaje. Yo sonreí: “Sí lo hice; respondió la mujer con la que llevas tres años y escuché a tu hijo llamarte papá”. Él quiso darme una explicación, pero yo ya había colocado sobre la mesa el divorcio, siete millones desaparecidos y un secreto sobre mi familia que cambiaría todo.

Adrián negó con la cabeza.

—Eso es mentira.

Ernesto puso frente a él correos, mensajes y transferencias.

En una conversación, Mauricio le decía que no se preocupara por ciertas facturas porque “arriba estaba cubierto”.

En otra, le prometía contratos mayores si seguía colaborando.

Y Daniela también aparecía.

Ella había trabajado años atrás para una agencia que daba servicio a una filial del Grupo Alcázar. Mauricio la conocía desde entonces.

—¿Daniela trabajaba para él? —pregunté.

—Al principio sí. Después comenzó su relación con Adrián por cuenta propia. Pero Mauricio aprovechó la situación.

Ernesto conectó una memoria a la computadora.

En un audio se escuchó la voz de Daniela:

—Mientras él crea que algún día va a dejar a Mariana y quedarse con la empresa, hará lo que sea.

Luego la voz de Mauricio:

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