“En quince días no fuiste capaz de llamarme ni una vez”, me reprochó mi esposo al volver de viaje. Yo sonreí: “Sí lo hice; respondió la mujer con la que llevas tres años y escuché a tu hijo llamarte papá”. Él quiso darme una explicación, pero yo ya había colocado sobre la mesa el divorcio, siete millones desaparecidos y un secreto sobre mi familia que cambiaría todo.

—Que siga moviendo el dinero. Y que no descubra quién es realmente Mariana. Si se asusta, se acaba el juego.

Adrián cayó en el sillón.

—Daniela me ama.

Nadie respondió.

Yo esperaba sentir satisfacción.

No la sentí.

Adrián me había traicionado por voluntad propia. Nadie lo obligó a tener otra mujer, un hijo oculto ni a desviar dinero.

Pero alguien de mi familia había visto sus defectos y los había alimentado.

Llamé a mi padre.

—¿Ya lo sabes? —preguntó.

—Sí. ¿Desde cuándo sospechabas de Mauricio?

—Desde hace meses.

—¿Y no me dijiste?

—No tenía pruebas.

—Pero me dejaste casada con un hombre que él estaba usando.

Mi padre guardó silencio.

—Eso es lo que más me pesa.

Por primera vez en días tuve ganas de llorar.

No por Adrián.

Por mí.

Por todos los años en que creí que debía soportar humillaciones para demostrar que podía vivir sin el apellido Alcázar.

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