Puse el altavoz.
—¡Mariana! ¿Qué tontería es esa del divorcio? En esta familia nadie se separa porque una mujer haga berrinche. Y después de cinco años ni siquiera pudiste darle un hijo. ¡Deberías agradecer que mi hijo siga contigo!
Miré a Adrián.
Él no la detuvo.
Ni siquiera bajó la mirada.
—Señora Elvira —dije—, su hijo sí tiene un niño de tres años. Sólo que no conmigo.
Silencio.
—Y tiene un problema mucho más grande que un divorcio.
Colgué.
Adrián me miró como si acabara de descubrir que la esposa silenciosa con la que se había casado no existía.
—¿Quieres saber quién pagó a los abogados que reunieron todo esto en quince días?
Tragó saliva.
—¿Quién?
—Mi padre.
—Tu papá fue maestro de preparatoria.
—Eso fue lo que decidí contarte.
En ese momento sonó el timbre.
En la cámara del interfón estaba el director jurídico del Grupo Alcázar, una de las empresas más poderosas con las que Adrián llevaba años soñando hacer negocios.
Y no venía solo.
No puedo creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Cuando abrí la puerta, Adrián se quedó inmóvil.
El licenciado Ernesto Robles, director jurídico del Grupo Alcázar, entró acompañado por dos abogados.
—Señora Alcázar —saludó—. Traigo los documentos que pidió su padre.
Adrián me miró como si no hubiera entendido.
—¿Señora qué?
Antes de que pudiera responder, alguien comenzó a golpear la puerta.
Era Elvira, acompañada por Rogelio, mi suegro.
—¡Tú vas a retirar esa demanda ahora mismo! —gritó ella.
Intentó avanzar hacia mí, pero Rogelio la sujetó.
No por defenderme.
Había reconocido a Ernesto.
—Don Rogelio —dije—, ya que vino, qué bueno. También tenemos algo que hablar.
Su rostro cambió.
Una semana antes había perdido casi cuatrocientos mil pesos en apuestas clandestinas. Para cubrir la deuda, pidió dinero a gente peligrosa.
—No sé de qué hablas.
—La deuda quedó liquidada esta mañana.
Elvira volteó hacia él.
—¿Qué deuda?
Rogelio calló.
—Se pagó para documentar a quién le debía y por qué —añadí—. Así que no conviene que nadie aquí siga fingiendo que no hay nada oculto.
Adrián se pasó las manos por la cara.
—Mariana… ¿quién eres?