Sus ojos se llenaron de pánico.
Saqué otra carpeta.
—Y parte de ese dinero ni siquiera era nuestro. Tres millones salieron de tu empresa mediante facturas infladas y proveedores fantasma.
—No sabes de lo que hablas.
—Tu contador ya entregó copias.
Entonces se arrodilló.
—Mariana, por favor. Dejo a Daniela. Vendo todo. Te regreso el dinero.
Retiré la pierna cuando intentó abrazarme.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Era su madre, Elvira.
Puse el altavoz.
—¡Mariana! ¿Qué tontería es esa del divorcio? En esta familia nadie se separa porque una mujer haga berrinche. Y después de cinco años ni siquiera pudiste darle un hijo. ¡Deberías agradecer que mi hijo siga contigo!
Miré a Adrián.
Él no la detuvo.
Ni siquiera bajó la mirada.
—Señora Elvira —dije—, su hijo sí tiene un niño de tres años. Sólo que no conmigo.
Silencio.