En quince días no fuiste capaz de llamarme ni una vez”, me reprochó mi esposo al volver de viaje. Yo sonreí: “Sí lo hice; respondió la mujer con la que llevas tres años y escuché a tu hijo llamarte papá”. Él quiso darme una explicación, pero yo ya había colocado sobre la mesa el divorcio

—Señora Alcázar —saludó—. Traigo los documentos que pidió su padre.

Adrián me miró como si no hubiera entendido.

—¿Señora qué?

Antes de que pudiera responder, alguien comenzó a golpear la puerta.

Era Elvira, acompañada por Rogelio, mi suegro.

—¡Tú vas a retirar esa demanda ahora mismo! —gritó ella.

Intentó avanzar hacia mí, pero Rogelio la sujetó.

No por defenderme.

Había reconocido a Ernesto.

—Don Rogelio —dije—, ya que vino, qué bueno. También tenemos algo que hablar.

Su rostro cambió.

Una semana antes había perdido casi cuatrocientos mil pesos en apuestas clandestinas. Para cubrir la deuda, pidió dinero a gente peligrosa.

—No sé de qué hablas.

—La deuda quedó liquidada esta mañana.

Elvira volteó hacia él.

—¿Qué deuda?

Rogelio calló.

—Se pagó para documentar a quién le debía y por qué —añadí—. Así que no conviene que nadie aquí siga fingiendo que no hay nada oculto.

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