—Don Roberto —dijo con esa voz tranquila que siempre usaba para fingir educación—. Mariana necesita tratamiento psicológico.
Diego se acercó.
—Si no regresa con mi hijo, mañana mismo voy con el DIF.
Yo no discutí.
Sólo les pedí que siguieran hablando.
Fernando grababa desde otra habitación.
Tres días después fingí rendirme.
Invité a Leticia y Diego a desayunar en un restaurante.
Fui vestido con una camisa vieja y adopté la postura de un hombre cansado.
—Quiero arreglar esto —les dije—. Devuelvan el departamento, la camioneta y el dinero.
Leticia rio.
—¿Devolver qué? Mariana está casada. Lo que tiene pertenece a su familia.
—¿Y los casi novecientos mil pesos?
Diego se encogió de hombros.
—Los utilicé para nosotros.
—¿Mariana autorizó los movimientos?
—Soy su esposo. No necesito pedir permiso por cada peso.
Mi teléfono grababa dentro del bolsillo.
Hasta que una voz automática anunció: