El texto decía:
“Joven de familia adinerada utiliza a su bebé para pedir dinero y manipular a su esposo durante una disputa familiar.”
Había cientos de comentarios.
“Qué vergüenza.”
“Pobre niño.”
“Deberían quitárselo.”
Mariana leyó algunos y empezó a temblar.
—Eso es lo que quieren, papá. Que digan que soy mala madre.
Fernando revisó las publicaciones.
—No parece algo espontáneo. Mismos textos, mismas frases, cuentas recién creadas. Alguien pagó para impulsar esto.
No necesitábamos preguntar quién.
Dos días después llegó un mensaje al número nuevo de Mariana.
“Regresa. El dinero pertenece a tu marido. Si sigues escondiéndote, perderás a Emiliano.”
Fernando lo guardó como evidencia.
Esa misma noche Leticia me llamó por videollamada.
Estaba sentada en la sala del departamento que yo había comprado para Mariana.
Mi sillón.
Mis muebles.
Mi dinero.
Y detrás de ella estaba Diego.