Después del parto, Diego le quitó el celular “para que descansara”.
Cuando Mariana quiso marcharse, le quitó la bolsa y le dijo:
—Puedes irte. Pero Emiliano se queda.
Mauricio estaba allí.
Leticia también.
—Si haces un escándalo —le advirtió su suegra—, conozco gente en el DIF, en la fiscalía y hasta en juzgados familiares. Nadie te va a creer.
Entonces alguien golpeó la puerta del hotel.
Tres veces.
Mariana se puso blanca.
Una voz masculina habló desde afuera.
—Don Roberto, abra. Vengo de parte de Diego Salazar. Queremos arreglar esto sin problemas.
Abrí apenas.
Era un hombre joven, corpulento, llamado Iván.
Sonrió.
—Diego está preocupado por su hijo. Si su esposa no regresa mañana, va a denunciarla por sustracción del menor.
Lo miré fijamente.
—Ahora tú vas a irte.
—Le conviene pensarlo.
—Y a ti te conviene que no vuelva a verte cerca de mi hija.