Otro:
“Primero hay que conseguir que deje de revisar las cuentas.”
Y el último me revolvió el estómago:
“La niña ya vio demasiado. Rodrigo tiene que controlarla.”
Ya no era solamente una familia cruel.
Habían convertido a una niña de diez años en guardiana de un secreto financiero que jamás debió conocer.
Regresé con Mariana y llamé a una abogada.
No quería amenazas.
No quería escenas.
Quería entender exactamente qué podían hacer con mi patrimonio y cómo proteger a Camila.
La licenciada Sofía Herrera me recibió a la mañana siguiente.
Le expliqué todo.
Le mostré los mensajes, el video y las fotografías tomadas después del cumpleaños.
Cuando terminé, permaneció unos segundos en silencio.
—Lo primero es separar dos asuntos —dijo—. La seguridad de tu hija y los documentos patrimoniales. No firmes absolutamente nada que Rodrigo te entregue. Y necesitamos revisar el estado jurídico del departamento.