Entré en mi cocina y encontré a una niña de 10 años de rodillas, recogiendo macarrones del suelo mientras la administradora amenazaba con echar a su madre. “Tu madre se marcha hoy mismo”, dijo. No discutí: ordené revisar salarios, proveedores y 24 meses de cuentas. Entonces vi en la mano de la niña una insignia con “S.A. 1978”, idéntica a la que mi padre guardaba bajo llave.

Antes de irse, Álvaro añadió:

—Y mañana nadie tira comida aprovechable sin registrarla.

Mercedes apretó los labios.

Entonces Elena entendió que el plato de Clara acababa de abrir una puerta mucho más peligrosa.

Porque algunas de las reglas más estrictas de aquella casa no existían para mantener el orden.

Existían para que nadie hiciera preguntas.

PARTE 3

A la mañana siguiente, Elena fue llevada a una clínica de Madrid.

Álvaro apareció allí antes que ellas.

Eso sorprendió más a Elena que el coche enviado a recogerlas.

Esperaba que un hombre como él resolviera el problema con una transferencia, un asistente y una llamada desde su despacho.

En cambio, estaba sentado en la sala de espera con una carpeta bajo el brazo y 2 cafés sobre una mesa.

Clara se acercó al suyo.

—¿Ese tiene azúcar?

—Demasiado.

—Entonces es para mí.

Elena le lanzó una mirada.

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