Entré en mi cocina y encontré a una niña de 10 años de rodillas, recogiendo macarrones del suelo mientras la administradora amenazaba con echar a su madre. “Tu madre se marcha hoy mismo”, dijo. No discutí: ordené revisar salarios, proveedores y 24 meses de cuentas. Entonces vi en la mano de la niña una insignia con “S.A. 1978”, idéntica a la que mi padre guardaba bajo llave.

—Clara.

Por primera vez en varios días, Álvaro sonrió.

Las pruebas confirmaron que Elena necesitaba tratamiento continuado y reducir temporalmente el esfuerzo físico. No estaba ante una situación sin salida, pero llevaba demasiado tiempo retrasando revisiones.

El médico fue claro.

—Puede mejorar, pero necesita descanso y seguimiento.

Elena apretó las manos.

—No puedo dejar de trabajar 2 meses.

Álvaro respondió:

—Sí puede.

—Usted no entiende.

—Entiendo que una persona enferma no debería escoger entre respirar mejor o pagar el alquiler.

Elena lo miró con molestia.

—El dinero no arregla todo.

—No. Pero pagar correctamente a alguien y permitirle recuperarse sí puede impedir que empeore.

Aquello la hizo callar.

No porque estuviera de acuerdo con todo.

Sino porque él no estaba hablando de regalarle una vida nueva.

Estaba hablando de corregir una situación que había ignorado.

Mientras Elena iniciaba el tratamiento, Álvaro comenzó a revisar la administración de la casa.

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