Elena levantó la mirada.
—Quiero estar presente.
—No lo recomiendo.
—Él decidió que yo debía morir sin preguntarme nada.
Su voz era débil, pero firme.
—Por lo menos tengo derecho a verle la cara cuando descubra que sigo viva.
Al día siguiente, a las 9:40 de la mañana, Víctor llegó vestido de negro.
Traía un portafolio de piel.
Dentro llevaba documentos del seguro, copias notariales y papeles que ya tenía preparados.
Ignacio lo esperaba junto al elevador.
Víctor lo abrazó.
—¿Sufrió?
—No —respondió Ignacio.
Víctor cerró los ojos y respiró.
—Gracias por estar con ella.
Después preguntó:
—¿Dónde tengo que firmar?
Ignacio pulsó el botón del cuarto piso.
—Arriba.
Caminaron por el pasillo en silencio.
Frente a la habitación 412, Ignacio pasó su tarjeta por la cerradura.
Abrió la puerta.
—Adelante, Víctor.
Víctor cruzó el umbral.
Y se quedó petrificado.