Estaba operando de urgencia a la esposa del hombre que había sido mi mejor amigo durante más de 40 años cuando, al cortar su vestido, encontré algo pegado a su piel que me heló la sangre. “Preparen adrenalina, ahora”, ordené. Horas después descubrimos que su marido conocía perfectamente aquella alergia mortal… y tres meses antes había contratado un seguro de vida por seis millones

Elena levantó la mirada.

—Quiero estar presente.

—No lo recomiendo.

—Él decidió que yo debía morir sin preguntarme nada.

Su voz era débil, pero firme.

—Por lo menos tengo derecho a verle la cara cuando descubra que sigo viva.

Al día siguiente, a las 9:40 de la mañana, Víctor llegó vestido de negro.

Traía un portafolio de piel.

Dentro llevaba documentos del seguro, copias notariales y papeles que ya tenía preparados.

Ignacio lo esperaba junto al elevador.

Víctor lo abrazó.

—¿Sufrió?

—No —respondió Ignacio.

Víctor cerró los ojos y respiró.

—Gracias por estar con ella.

Después preguntó:

—¿Dónde tengo que firmar?

Ignacio pulsó el botón del cuarto piso.

—Arriba.

Caminaron por el pasillo en silencio.

Frente a la habitación 412, Ignacio pasó su tarjeta por la cerradura.

Abrió la puerta.

—Adelante, Víctor.

Víctor cruzó el umbral.

Y se quedó petrificado.

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