Luego levantó los ojos.
—Y mientras yo estaba pensando cómo salvar nuestro matrimonio, él estaba calculando cuánto valía mi muerte.
Ignacio se sentó.
Durante un rato ninguno dijo nada.
Hasta que Elena preguntó:
—¿Por qué nunca te casaste?
Él se quedó inmóvil.
—No importa.
—Ahora sí importa.
—Elena…
—Durante toda mi vida hablaste como médico. Como amigo. Como el hombre correcto que nunca molesta a nadie. Por una vez dime algo que no venga de un protocolo.
Ignacio respiró profundamente.
Había guardado aquellas palabras desde que tenía dieciséis años.
—Estoy enamorado de ti desde segundo de preparatoria.
Elena dejó de moverse.
—Te amé cuando Víctor comenzó a salir contigo. Te amé en tu boda. Te amé cuando ustedes compraron su primera casa. Y seguí queriéndote mientras aprendía a sentarme al otro extremo de la mesa para que nadie se diera cuenta.