de sentarme a comer la mía. Algunas noches ni siquiera volvía.
—Estamos cortos de personal, amor. No me esperes despierta.
Seguros de salud
Por eso aquel martes decidí sorprenderlo.
Lo que Ramiro no se animaba a decir
En el mostrador de una enfermera que conocía desde hacía años dejó de sonreír al verme. Nadie me decía dónde estaba mi marido. Entonces apareció Ramiro, su colega y mejor amigo, blanco como un papel.
—Se va, Lucía —dijo por fin.
Por un segundo dejé de respirar.
—¿Me deja a mí?