Pasaron los meses.
Un día me tomé otra fotografía de perfil.
Esta vez, cuando la miré, no intenté esconder nada.
La publiqué.
Pero el momento que más significó para mí ocurrió unos días después.
Mi madre y yo habíamos salido a caminar una tarde.
Yo iba varios pasos delante de ella cuando escuché que me llamaba.
—Date la vuelta.
Me giré.
Antes de que pudiera reaccionar, tomó una fotografía.
—Mamá, ¿por qué no me avisaste?
—Para que no tuvieras tiempo de prepararte.
Tomé el teléfono de sus manos.
Años atrás ni siquiera habría conservado una fotografía como aquella.
Pero esta vez me quedé mirándola.
Mi cabello estaba despeinado por el viento.
Mi postura no era perfecta.
La iluminación tampoco era especialmente favorecedora.
Pero estaba sonriendo.
Y, lo más importante, cuando miré la fotografía, no empecé inmediatamente a buscar algo que no me gustara.