Había esperado 29 años por ese día. Pensé que, cuando todo terminara, por fin podría mirarme al espejo sin sentir vergüenza… Pero apenas tres días después, me encerré en el baño y, llorando, le dije a mi madre: “Creo que acabo de cometer el mayor error de mi vida.”

Al cuarto día ni siquiera quería abrir la cámara de mi teléfono.

Pero antes de que todo esto comenzara me había hecho una promesa.

Iba a documentar todo el proceso.

No solo el bonito resultado final.

Así que coloqué el teléfono sobre la mesa y me tomé una fotografía exactamente como estaba.

Sin buscar un ángulo favorecedor.

Sin iluminación especial.

Sin sonrisa.

Observé la fotografía durante varios minutos antes de finalmente publicarla.

Después dejé el teléfono a un lado porque tenía miedo de leer lo que la gente diría.

Aproximadamente una hora después, abrí los comentarios.

El primero era de una chica a la que nunca había conocido.

“Dentro de unas semanas voy a pasar por lo mismo. Gracias por mostrar también estos días y no solamente el resultado final.”

Volví a leer aquella frase.

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