Después llegó otro comentario.
Y otro.
Pronto, decenas de personas comenzaron a escribirme.
Algunas ya habían pasado por el mismo proceso.
Otras todavía se estaban preparando.
Y de repente comprendí que durante años había pensado que yo era la única persona que se sentía así.
Al quinto día finalmente pude permanecer de pie en la cocina durante un poco más de tiempo.
Mi madre me tomó una foto con su teléfono.
—Bórrala —dije inmediatamente.
—¿Por qué?
—Me veo terrible.
Ella me miró.
—Dijiste que querías mostrar el proceso real.
Extendí la mano.
—Dámelo.
Miré la fotografía.
La antigua versión de mí la habría borrado inmediatamente.
Pero ese día la publiqué.
En la mañana del sexto día noté el primer pequeño cambio.
Caminé hasta el espejo.
Giré hacia un lado.
Luego hacia el otro.