Pero lo más aterrador ocurría dentro del clóset, justo debajo del ángulo de mi cámara.
Marta, vestida con su habitual vestido azul y mandil blanco, estaba pegada a la pared junto a mis trajes oscuros. Con su mano izquierda le tapaba la boca con fuerza descomunal a un hombre de mediana edad que vestía traje negro, inmovilizándolo contra los percheros para evitar que respirara fuerte.
Y en su mano derecha, Marta empuñaba una pistola semiautomática negra con cañón roscado, con el dedo índice pegado al guardamonte y la mirada fría como el hielo, esperando el momento exacto para abrir fuego si los intrusos cruzaban el marco de la puerta.
El hombre al que retenía no era ningún desconocido. A través de la pantalla reconocí de inmediato su rostro demacrado: era Roberto Valdés, el director financiero del consorcio médico donde yo laboraba, un hombre que llevaba cuarenta y ocho horas desaparecido tras destaparse un fraude millonario por lavado de dinero vinculado a cárteles inmobiliarios.