Aprovechando una mañana libre, compré un sistema de circuito cerrado de grado pericial: cámaras diminutas camufladas en las molduras del techo y detectores de ángulo cenital. Instalé el lente principal en la esquina superior del vestidor de mi recámara principal, apuntando estratégicamente hacia el clóset y con perspectiva directa a la cama matrimonial y a la puerta de entrada.
Ese jueves por la tarde, mientras revisaba expedientes posoperatorios en la clínica, mi teléfono vibró sobre el escritorio con tres alertas consecutivas de intrusión.
Desbloqueé la pantalla, abrí la transmisión en vivo… y sentí que el suelo se hundía bajo mis pies.
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La imagen de la cámara era nítida, tomada desde una perspectiva elevada con vista hacia el vestidor y el dormitorio.
En la habitación principal había tres sujetos corpulentos vestidos con trajes oscuros y guantes de látex. Se movían con rapidez táctica, registrando los cajones de mi cómoda, arrancando pinturas de la pared y revisando el cabecero de mi cama con pistolas de calibre grueso con linternas acopladas.