Antes de regresar al pueblo, miró una última vez aquel árbol.
—¿Sabes qué fue lo peor de esos tres días?
Pensé que hablaría del hambre.
De los golpes.
De estar amarrada.
—¿Qué?
—Escuché a mi tía decirles a esos hombres que cuando me encontraran todos pensarían que yo había huido. Y por un momento le creí. Pensé que iba a regresar y nadie me escucharía.
Me tomó la mano.
—Por eso, cuando desperté en tu casa, lo primero que te pregunté fue si me creías.
—Y te creí.
—Sí.
Miró hacia el camino por donde regresaríamos.
—A veces una persona no necesita que alguien le resuelva la vida. Sólo necesita que, cuando todo el mundo la convierte en culpable, exista una sola voz capaz de decir: “Yo te escucho”.
Volvimos caminando despacio hacia casa.
Detrás quedaron el árbol, el bosque y una historia que durante meses había dividido a todo un pueblo.