Jacinta dejó el relicario sobre la mesa como si quemara

Algunas veces yo intentaba abrazarla y ella necesitaba espacio.

Aprendí a no tomarlo como rechazo.

Ella aprendió a decirme cuando tenía miedo.

Nos tomó mucho tiempo entender que sobrevivir a algo no significa dejar de sentirlo al día siguiente.

Un otoño, exactamente un año después del día en que la encontré, Lucía me pidió caminar por el sendero del bosque.

Llevábamos a nuestra hija envuelta contra su pecho.

Llegamos hasta el viejo pino.

Lucía se quedó inmóvil varios minutos.

Yo no dije nada.

Finalmente sacó de una bolsa unas flores secas del jardín de nuestra casa y las dejó junto a las raíces.

—Pensé que odiaría este lugar toda mi vida —dijo.

—¿Ya no?

Negó.

—Aquí casi morí. Pero también aquí alguien me encontró.

La abracé.

Nuestra hija comenzó a moverse entre las mantas.

Lucía sonrió.

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